Monday, June 1, 2026

UN MUNDO POR EL CUAL TEMEMOS



 La Tierra: un lugar en el Universo que hemos heredado.

Cuando surgimos a la vida nos viene dada una familia que no elegimos, de cuya existencia no supimos antes, un nombre que ni siquiera pensamos, y un lugar en la existencia que ocupamos sin pretensión.

Luego de pasar los años donde somos cultivados teórica y prácticamente para desempeñarnos en la vida, accedemos a la sociedad y lo que ella ofrece; desde relaciones humanas provechosas y hermosas, a otras despreciables e innecesarias. 

También se nos ofrece un lugar social desde el cual vincularnos: nuestra tarea cotidiana, nuestra relación con el resto de la humanidad, el barrio, los vecinos, el trabajo, la rutina que deteriora, los momentos extraordinarios, conocer gente maravillosa, disfrutar obras de arte, una música que nos emociona y sacude por dentro, y de pronto un ser humano que lo captamos diferente, especial, distinto.

Es el despertar de sentimientos que van más allá de la familia y el núcleo de amistades, de los compañeros de estudio o trabajo, es esa persona que se nos transforma en única, distinta y preferida por sobre todas cuantas conocemos. 

Es la persona cuya voz nos arrulla, cuya mirada nos roba nuestro sentir, y con la cual queremos firmemente tener que ver algo más que con cualquiera. 

Es un sentir maravilloso que nos saca de nosotros mismos, que nos lleva a imaginar, y querer vivir situaciones totalmente nuevas con ese alguien que se nos hace preponderante respecto de todo lo demás. 

Ahí comienza una exploración humana beneficiosa, de la que hay que aprender necesariamente. Se trata de una relación cual ninguna otra. 

Comenzamos una etapa en la que no nos concebimos sin ese otro ser humano. Nos ocupa, nos abarca, nos excede. Es eso que llamamos amor.

Puede que esa etapa sea maravillosa, positiva, y que llegue a ser el fundamento de la nueva familia que pasaremos a formar. O que sea una experiencia que no culmine como esperábamos y debamos partir nuevamente de cero.  Hasta que llegará la persona más adecuada, y entonces tendremos nuestro propio núcleo familiar.

Y repetiremos lo que vivieron e hicieron nuestros progenitores, en muy buena medida, y sumaremos seres a la humanidad toda.

Pero en medio de ese ciclo de vida sobre la superficie del planeta, abrigan enormes problemas, tensiones internacionales y propias de cada país y región, y surgen confrontaciones y guerra. Los muertos que se cuentan por miles, destrucción, horror. 

Una rápida recorrida por las diversas situaciones planetarias, nos lleva a reconocer el flagelo del crímen organizado, el narcotráfico y sus víctimas, la prostitución llevada a niveles sofisticdos, la aceptabilidad de conductas antes totalmente reprensibles, la pérdida a raudales de valores morales, el rechazo de instituciones antes beneméritas debido a su corrupción, las ambiciones de individuos que usan la ideología y la política como medios de llegar al poder, el engaño a los pueblos, y el abuso de ese poder en beneficio propio y de secuaces, y en medio de todo ese deterioro, hay millones sin médico ni medicinas, sin trabajo y sin alimento cotidiano y una cama donde dormir. 

El planeta se muestra lleno de contradicciones insoportables, y de pronto surgen estallidos, violencia, y se asoma la sombra de una hecatombe nuclear.

No es imaginación. Está dentro de lo posible. Aunque nos distraigan un viaje a la Luna, la Inteligencia Artificial, la supercomputadora en base a física cuántica, nada sustituirá a la inocente risa de un bebé.

Entonces nuestra peripecia humana puede transformarse de golpe en una crisis de proporciones incontenibles, de una destrucción de la civilización misma. De un planeta que quedará árido.

Lo que hasta hoy dimos por cierto y seguro se transforma en posibilidad, amenaza y luego realidad imparable. 

La humanidad deja de ser tal. Si alguien aún queda vivo, será por poco tiempo entre los restos humeantes de lo que fue definitivamente destruído.

Confieso que es el temor que tengo por la humanidad toda, y por mi núcleo de amistades esparcidas por el planeta y mi pequeña familia.  

Quiero con todo mi ser que cuando yo ya no esté, el planeta siga existiendo, que sea posible la vida en paz, que se venzan obstáculos y resistencias. 

Que se supere la criminalidad y la inmoralidad deje de reinar. Que haya un nuevo amanecer. Y que mi descendencia pueda continuar siendo, y desarrollándose. 

Quiera el Ser en Sí que eso ocurra, que así sea, es mi deseo más profundo, y mi humilde ruego.