Wednesday, May 24, 2017

UNA "PANTERA" ENJAULADA (Cuento)


Se miró al espejo, y aún con las reminiscencias de un catolicismo que a veces la hacía sentirse “monja”, se vio atractiva, de rostro y sonrisa conquistadores, de senos como vestal. Se movió sinuosa y lentamente, y se dijo, “soy una pantera, una pantera de garras afiladas", en busca de un hombre que llene este vacío que tengo en mi cuerpo y en mi corazón.

Así estaba ella, así se sentía, así ansiaba, cuando de pronto le llegó una inesperada invitación. Una reunión internacional tal vez fuese la puerta que le abriese la oportunidad de conocer a alguien muy especial.

Apuró su registro. Quería ir, quería estar, no sólo ir a disfrutar del lugar junto al mar, sino de ver si acaso entre aquellos varones que allí habría, hallaría a alguien que le hiciera latir fuerte su corazón anhelante de sentir con intensidad, aquel corazón hambriento de amor.

Y de pronto, surgió la persona buscada. Estaba allí ante ella, con su estampa, con sus gestos, con su voz, era él, un simple hombre que pasaría desapercibido en cualquier lado, sólo que en esa reunión desempeñaba una posición de destaque. Tal vez eso la deslumbró, o la desorientó. Tal vez eso actuó como un irresistible imán.

Se acercó, dialogó con él, y entre anécdotas y sonrisas, sintió que ardía por dentro y de no ser porque las circunstancias no lo permitían, se habría arrojado a él para besarlo, para darle un beso “de lenguas entrelazadas” como a ella le gustaba.

Guardó las apariencias y se mantuvo calma. Le costó hacerlo pero lo logró.
Pero había descubierto lo que necesitaba, lo que había querido tener por tanto tiempo. Aquel hombre era en ese momento el epítome de lo que buscaba.

Rápida mentalmente, inteligente y sagaz, ansiosa y voluptuosa, se trazó un plan de conquista, y cuando se despidieron, quedaron en intercambiar correo electrónico.

Apenas regresada a su cotidianidad, se abalanzó cibernéticamente sobre aquel hombre, sin medir que era casado, sin importarle que enfrentaba una situación personal difícil, nada, nada le detuvo.  Era su conquista, era su presa, era el alimento con el que la pantera quería saciarse.

Era después de todo, lo que había aprendido en la universidad, en las clases de Teoría de la Liberación, con un argentino. Y lo que había absorbido en textos y poemas del uruguayo Mario Benedetti, su “autor adorado” según decía. Era aquello de “No te pienses sin sangre”.

Tal vez debido a Benedetti, quiso internarse algo en la cultura uruguaya. Saber de palabras, dichos, costumbres, aprender –si acaso— a tomar mate.

Puso en práctica su plan, aumentó la cantidad de correos diarios. Los complementó con diálogos nocturnos (chats) que se fueron transformando en “sexting”, donde ella se deleitaba en describirse cómo estaba en su aposento, procurando excitar a su interlocutor, hasta que una hora después, culminaba su cita cibernética echándose agua fría en la nuca, para aplacarse, y ser la dama respetable ante su esposo que entraba en su recámara luego de ver televisión.

Lo que vino luego fue un período de hermosa locura, de un mundo paralelo hecho realidad, de un sinfín de instancias, encuentros íntimos, y vivencias intensas que la hacían muy feliz, y que le proveían sentirse a sí misma mujer, como nunca se había sentido tanto.

Cuando se encontraba en esas instancias, se comportaba como una mujer verdaderamente libre. Como si fuese soltera. Paseos, caminatas por lugares públicos, visitas a sitios históricos, todo era posible y potable. Nada ni nadie la detenía, era su hora más gloriosa. El triunfo de su femineidad, el dominio que ejercía en aquel hombre que llegó a enamorarse profunda y estúpidamente de ella. Porque el amor es estúpido para ser real. 

Y así estaba ella, la pantera. Que al levantarse extendía sus brazos para abrazar imaginariamente a su hombre. El de su conquista.

Que de pronto acudía a él porque precisaba una frase, un consejo que la orientara, o cómo resolver una situación. Y él siempre respondía. Nunca la dejaba sola en esas circunstancias. Nunca la desoía.

Todo iba rodando como sobre ruedas, cuando una aciaga noche su esposo descubrió accidentalmente los correos intercambiados entre ella y su enamorado.

Furioso le inquirió fuera de sí: ¿qué es esto, qué significan estos mensajes?...Pero, habilísima para inventar historias y para mentir, le explicó a su marido que esos correos eran parte de un proyecto manejado por un psicólogo, en que ella y ese hombre habían sido elegidos para que hicieran las veces de enamorados, a ver qué eran capaces de decirse, y cómo iban a desarrollar la relación por vía de correo electrónico. Y le juró que entre ese hombre y ella sólo existía una amistad, y que ni siquiera se conocían personalmente. 

Lo juró. Ella no tenía problema en jurar en vano, ni en crear historias. 

Luego hizo el amor con su marido, y pensando en su enamorado, puso cuanta voluntad podía, para que su esposo quedase bien satisfecho.

Había logrado superar la tormenta. Se asustó, un miedo helado le recorrió todo el cuerpo, pero su relación amorosa pudo más que su temor, y logró manejar la situación de la manera más astuta posible.

La relación con su enamorado continuó. Tuvo algunos altibajos, porque ella es “como pluma al viento”, hoy es A, mañana es B. Hoy su enamorado es estupendo y lo extraña a mares. Mañana le dice “no quiero verte”.
En algún momento él llegó a pensar que ella padecía del síndrome de personalidad limítrofe.

Así continuaron las relaciones, con ardientes encuentros personales, y con correspondencia electrónica que empezaba a faltar, a tener baches, a ir desapareciendo…

Ya lo había pronosticado un neurólogo en una conferencia a la que ella acudió, de que el complejo de dopaminas y endorfinas que impulsan lo que llamamos amor –según un concepto pedestre y materialista del susodicho neurólogo— duraba dos años a dos años y medio, y allí se terminaba.

Y ella llegó a pensar como el neurólogo, consideró que su tiempo de dicha, de gozo, de enamoramiento, había ido llegando a su fin.

Extrañas elucubraciones de su enmarañado cerebro, le llevaron a que luego de hacer el amor con su conquistado, de pronto –al momento-- cambiara hasta su forma de mirarlo, y muy fríamente le dijera que le era necesario terminar su relación. Y buscó respetables excusas para hacerlo.

Su enamorado no podía entender, no salía de su asombro. Ella le dijo que estaba decidida a dedicarse a los suyos. Que de ahí en más, tendrían que tratarse como amigos.

Él quedó rumiando esas palabras, esa actitud insólita, esa despedida intempestiva.

Ya no le importó más nada el dolor y el sufrimiento que pudiese estarle causando a aquel que ella había enamorado. Se rodeó de una coraza de insensibilidad, de fue degradando a sí misma, deshumanizándose, hasta pensarse sin sangre, hasta hundirse en la cotidianidad tediosa y vulgar.

Cortadas las líneas de comunicación, twitteando y retwitteando lo que otros escriben, así llena sus horas de ocio y aburrimiento.

El amor que vivió, quedó colgado en una nube para siempre.
Sus sentimientos, ahogados y asfixiados en la rutina cotidiana. 

Volvió a mirarse a un espejo. Vio el tedio reflejado en su rostro. Vio las arrugas en su frente y a los costados de sus ojos, se dijo estar más vieja…pensó en hacerse un “facelift”.

Ya nunca más sería la alegre, desprejuiciada, libre, sensual y apasionada mujer capaz de sentir y vivir el amor a lo grande. De clavar sus garras afiladas en la espalda de su enamorado, de entregarse en aquellos besos interminables, y de complementar todo ello con una intensa intimidad.
Aquello había sido. Aquello no volvería a suceder nunca más.

Ahora, es una pantera enjaulada...


enigma
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